GENEVA, February 20, 2018 – Antonio Ledezma, Venezuelan opposition leader and political prisoner who escaped in November 2017, addressed the 10th Geneva Summit for Human Rights and Democracy — see quotes below.

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On being an opposition leader in Venezuela:

  • “In January 2014 we took to the streets and a wrote “the document of transition.” But they persecuted us and put us in prison.”
  • “Venezuela will now have a seat the the Security Council… I will not be free and calm until justice is done.”

On being arrested by the Venezuelan authorities:

  • “Government forces came into my office without an arrest warrant and they made me disappear. There was a hearing the next day. They gave false evidence and sentenced me to 26 years of prison for trying to overthrow the government.”

On the suffering of Venezuelans under Maduro:

  • “My heart is throbbing. I suffer from the thought of my country. This country is experiencing martyrdom. In that last three years more than 300,000 Venezuelans have died.”
  • “We must say to the world with words that count, those who don’t do anything when murder is committed, Look at Venezuela and see how innocent civilians are dying of hunger.”

On Venezuelan crimes:

  • “Why is Venezuela special? There is a humanitarian tragedy. Venezuela is hungry not because we have no resources, but because we have delinquents in charge of the budget.”
  • “We have children dying because of malnutrition and the future of those who haven’t died is grim.”
  • “This regime has converted the armed forces to be obliged to kill innocent civilians.”

On Venezuela being elected to the U.N. Human Rights Council:

  • “Would you appoint a pedophile to a nursery school? To a kindergarten? The right to life is an essential right.”


Full prepared remarks in Spanish:

Llegaba el filo de la medianoche del 17 de enero del año 2009. Los portones de la sede de la Alcaldía Metropolitana habían sido cerrados 40 minutos antes, una vez concluida una reunión con el gabinete de gerentes y directores.  

De repente me informan, que 40 hombres armados con fusiles AK-47, uniformados de negro, cubriendo sus rostros con pasamontañas y vitoreando consignas alusivas a la revolución chavista, asaltaron las instalaciones apoderándose de mi despacho. Era la reacción del autoritarismo a la victoria alcanzada, a pesar del ventajismo dispuesto por el régimen para imponer a su candidato. Un mes antes, habían desatado su furia por la derrota infligida, malogrando la fachada del edificio sede de la Alcaldía.  

Cuando reclamamos y pedimos explicaciones por tales despropósitos, la respuesta del mismísimo presidente Hugo Chávez fue: “esas eran protestas de orden laboral”. Su cinismo lo delataba como el autor intelectual de un proceso violento e inconstitucional que fue complementado con el despojo de 13 edificios invadidos, el arrebato del 95% del presupuesto que legalmente le correspondía administrar al ente y el vaciado de competencias definidas también en una ley orgánica que el propio Hugo Chávez había hecho aprobar años atrás.  

Por supuesto que no nos cruzamos de brazos. Con el respaldo de ciudadanos, organizamos manifestaciones para defender la soberanía popular que estaba siendo vulnerada. Acudimos a la sede del Poder Legislativo, esperando que nos recibieran los parlamentarios a cargo de dicha institución; deseo que fue frustrado cuando pelotones de la Guardia Nacional Bolivariana nos cerraron el paso, desatando una furia inusitada contra quienes manifestábamos pacíficamente. Luego intentamos promover una consulta popular para que fueran las mujeres y hombres de Caracas quienes decidieran —otra vez— el destino de la Alcaldía que estaba siendo blanco de un atropello asombroso. Por eso fuimos a tocar las puertas del Consejo Nacional Electoral y allí también nos agredieron las fuerzas del orden público, sometidas a los caprichos del régimen, que terminó designando ejecutivamente a una autoridad gubernamental, que, en paralelo, se dedicó a boicotear el funcionamiento de la institución con verdadera legitimidad de origen. Los efectos de la asfixia financiera, comenzaban a producir estragos en la ciudad que demandaba soluciones a los problemas cotidianos, así como también en la economía doméstica de nuestros trabajadores, que no podían recibir oportunamente su respectivo salario.  

Fue entonces cuando dimos un paso en la propia sede de la representación diplomática de la OEA en la capital de Venezuela, para iniciar el 3 de julio del año 2009 una huelga de hambre, con el fin de denunciar ante la Comunidad Internacional los desafueros que cometía el régimen. Exigíamos acatamiento a las leyes de descentralización; respeto a las facultades de Alcaldes y gobernadores, y la transferencia de los recursos financieros que hicieran posible honrar los salarios de más de 14.000 trabajadores dependientes de la Alcaldía Metropolitana de Caracas.  

De allí salimos a un centro hospitalario para ser atendidos una vez levantada la huelga, al confirmar que los dineros solicitados, efectivamente, habían sido transferidos, y al contar con la palabra del doctor José Miguel Insulza, para ese entonces Secretario General de la Organización de Estados Americanos, de mediar en el conflicto en marcha. El estrangulamiento para impedir que honráramos los proyectos prometidos a la ciudadanía, cada día se tornaban más cruentos. No obstante, logramos sobrevivir y en medio de la crisis, hacer una gestión que fue reconocida y avalada por los electores caraqueños que me reeligieron como Alcalde en diciembre del año 2013. Esta vez habíamos derrotado a quien el difunto Hugo Chávez y Nicolás Maduro, habían designado como su Ministro de Comunicaciones. Otra vez, estupefactos, vimos la reacción intolerante del régimen, cuando se designa al candidato derrotado para el peculiar cargo de “Ministro de Estado para la Ciudad de Caracas”.  

La verdad es que la crisis institucional, el desmantelamiento del Estado de derecho y el languidecimiento del principio de separación de poderes, generaba una atmósfera irrespirable que trascendía a los problemas atinentes a mi responsabilidad como Alcalde Metropolitano. Las garras del autoritarismo malograban a todo el país, con un pueblo agobiado por altas tasas de criminalidad, consecuencia de una mezcla letal de violencia con impunidad. El hambre y la carencia de medicamentos se asomaban amenazantes de consumar lo que ya está a la vista de todo el mundo: una hambruna que padecen los habitantes del país más rico en petróleo del mundo. Por eso y mucho más formamos parte de las manifestaciones, al lado de un pueblo que no se doblegaba ante semejante martirio, sino que tomaba las calles para reclamar el respeto a sus derechos humanos básicos, de vida, alimentación, salud y educación con calidad. Nada de eso se respetaba.  

Por denunciar y protestar ese cuadro de injusticia, la tarde del 19 de febrero de 2015, las puertas de mi oficina, fueron derrumbadas a golpes de mandarria. A las 5 de la tarde, un estruendo que estremecía las paredes de mi despacho, me hicieron pensar que nos estaba sorprendiendo un sismo. Pero no era un movimiento telúrico, eran más de 25 funcionarios que sin orden de allanamiento, se introducían arbitrariamente en mis oficinas de donde me sacaron por la fuerza, en virtud de que me resistía a ser detenido sin que mediara una orden judicial que nunca apareció. Una vez en la calle, se contaron más de 100 efectivos policiales participando en un rocambolesco operativo, para luego desaparecerme por más de 6 horas, sin que ni mi esposa, mi familia ni los ciudadanos que fueron sorprendidos por la noticia, supieran de mi paradero. Al día siguiente se realizó la audiencia de presentación, en la que me enteré que estaba siendo acusado por los delitos de conspiración y de instigación para delinquir. Desde esa noche, fui recluido en la Cárcel Militar de Ramo Verde, en la que me encontré con mis compañeros Leopoldo López y Daniel Ceballos, al igual que yo, pesos políticos de la dictadura. 

Desde entonces, se sumaron más de 1000 días privado injustamente de mi libertad. 33 meses en los que solo hubo tiempo para una sola audiencia, en la que se pidió para mí 26 años de cárcel. Todas las pruebas eran forjadas. Por eso, lo que privaba era el capricho gubernamental de reducirme al ostracismo. La perversidad no se conformaba con reducirme a prisión, sino que perseguían también a mi esposa Mitzy y a mi familia, contra quienes se abalanzaban en operaciones encubiertas los funcionarios, que las acosaban con el mayor desparpajo.  

Después de haberme sometido a una impostergable intervención quirúrgica, se me otorgó el beneficio de casa por cárcel, lo que mediatizó de esa manera la libertad no solo de mi familia, sino también de mis vecinos. El régimen nos quería mudos, teníamos prohibido expresarnos. Desafiando esa limitación, decidí el 31 de julio del año pasado, emitir un mensaje a la opinión pública que se hizo viral en las redes sociales. Esa noche, la saña y la intolerancia se combinaron otra vez para sacarme de mi residencia por cárcel, con procedimientos violentos, que gracias a las imágenes captadas por los habitantes del edificio, fueron difundidas profusamente por Twitter, llegando por ese medio a las televisoras de todo el mundo.  

Otra vez fui trasladado a la cárcel de Ramo Verde, otra vez comprendí y avalé la sentencia del Quijote, que aseguraba a Sancho que “no hay tesoro más grande que la libertad”. Desde esa noche, otra vez, en el tugurio en el que había sido enclaustrado, decidí recuperar mi voz para decir lo que siento y lo que pienso. Por eso planee auto-liberarme, emprendiendo una fuga que me exponía a la muerte, consciente como estaba, del riesgo de evadir la constante vigilancia policial instalada en mi residencia y de los peligros implícitos en una travesía de más de 1000 kilómetros, que implicaba sobrepasar, sin ser detenido, más de 30 puntos de control policial o militar hasta llegar caminando a Cúcuta, una vez superado el puente fronterizo Simón Bolívar, que une al territorio venezolano con el de la hermana República de Colombia.